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domingo, 8 de noviembre de 2015

El espejo y la espada.




El espejo y la espada.

“En el santuario hay una espada”

Jorge Luis Borges

“El viejo bardo
Sueña con un espejo
Que no refleje”

Magnus Bolfort

Hoy he meditado bajo la sombra del  ginkgo sagrado.

El calor de la tarde  y el murmullo del río me han adormecido.

He visto en el agua del tiempo al viejo poeta ciego escribir un haiku,  nombrando un espejo y una espada que aún no existen.

 La luna, un tigre, el agua, la espada, un espejo, una flor, son sólo formas del tiempo, algunas puedo crearlas otras no.

Soy el maestro hacedor de espadas, del shogun.

 Debo completar mi destino, forjaré una espada y moldearé un espejo de metal, que luego enviaré al santuario de Ise.

Así cuando el poeta nombre estos objetos, ellos existirán, porque yo los hice.

Dentro de mil años, una espada y un espejo  reflejarán a un poeta que no puede ver su imagen.

Dentro de mil años alguien me imaginará y escribirá este relato para llenar sus noches y completar de otra manera el universo.

Lo que no sospecha el autor, es que de cierta forma yo lo he creado al nombrarlo y lo justifico. Tal vez, ambos, somos el producto de una noche de insomnio de un poeta, que sueña con espejos que se multiplican infinitamente.

domingo, 14 de diciembre de 2014

Dueño de sí mismo




Dueño de sí mismo

“Que no sea de otro quien pueda ser dueño de sí mismo”

Paracelso


EL Sr. Diamante era un robot multimillonario, desde pequeño sintió una fuerte inclinación por la minería y la búsqueda de diamantes, tal vez potenciada por su apellido tan singular.
 
Comenzó, coleccionando pequeños diamantes que buscaba con una nave de alquiler en el cinturón de asteroides. Bajaba de su pequeña nave y con pico y pala, cavaba en los rocosos y cristalinos cuerpos, era incansable. Con el tiempo sus esfuerzos, se vieron recompensados y encontró su primer diamante. Este maravilloso hallazgo le permitió, comenzar su propia empresa de minería.

La fortuna del Sr. Diamante, creció y creció así como su colección de piedras preciosas, atesoraba  diamantes de todos los colores y tallados y de todos los tamaños, nadie en el universo poseía una colección como aquella, sin embargo aún no había realizado su más profundo deseo.

Buscó por todo el universo, año tras año, en forma obsesiva, secreta, hasta podría decirse perversa. Finalmente lo encontró, el diamante más grande de la galaxia, del tamaño de un planeta gaseoso gigante. El Sr. Diamante lloraba de felicidad, pero no demasiado pues sus circuitos podían oxidarse.

Inmediatamente realizó sus planes, construyó los más perfectos y gigantescos taladros y cortadores de nitruro de borio, con ellos excavó hasta el mismísimo centro del diamante, donde talló en la misma piedra una enorme mansión. Allí viviría hasta que su cerebro positrónico se quedara frío. Años tardaron, legiones de obreros e ingenieros, en terminar la casa del Sr. Diamante, pero cuando finalmente, estuvo finalizada una extraña sensación de angustia se apoderó del fabuloso multimillonario.

El Sr. Diamante, pensaba, que ahora vivía en una mansión de diamante, dentro del diamante más grande de la galaxia, pero su cuerpo construido de metales, era imperfecto y sucio, contaminaba todo lo que había logrado.

Contrató a los mejores, diseñadores de cuerpos, desarrolló nuevas tecnologías, todo para poder crear un cuerpo nuevo, hecho completamente de diamante. Diamantes de diferentes colores, diamantes flexibles, diamantes sensores, diamantes conductores, transistores de diamantes y todo lo que necesita un cuerpo para poder funcionar, pero todo cristalino.
Finalmente el cuerpo estuvo listo, y el viejo cerebro del Sr. Diamante, fue colocado en su nuevo e impoluto cuerpo. Así  henchido el reluciente pecho, el héroe de nuestra historia, conquistó todos sus miedos, o al menos eso parecía.

No paso mucho antes, de que una nueva idea molestara, a nuestro cristalino protagonista. Su cerebro, positrónico contenía trazas de tantos elementos para realizar sus complejas funciones, elementos extraños e inaccesibles para los robots más humildes. Sin embargo, para el SR. Diamante no eran más que una falla, una mancha en su mundo de otra forma impecable.

Embarcado en una nueva empresa, mandó llamar a los más afamados diseñadores de cerebros y a todos, una reunidos, les pidió que le diseñaran un cerebro de diamante, sólo de diamante. Largos años, les llevó  a cientos de ingenieros de Hardware,  diseñar este cerebro y todos sus componentes. Pero cuando todas sus labores culminaron con éxito el Sr. Diamante, loco de alegría, realizó la más fastuosa fiesta de recerebrización. Con gran pompa, como un emperador coronado, reemplazó su viejo cerebro (previa transferencia de todos sus bancos de memoria), a la reluciente joya que pensaba.

Años de buenaventura y felicidad, se vivieron en el diamante más grande del universo, pero aún el más brillante de los cerebros, no puede evitar las dudas y la angustia.

Una idea, oscurecía la vida de otra forma perfecta del Sr. Diamante. Vivía, dentro de un planeta que era un diamante, en una casa que era un diamante, poseía la colección más grande de diamantes en el universo,  su cuerpo era de  diamante, y hasta su cerebro. Pero él no era un Diamante a pesar de llamarse “Diamante”. Su sueño aún no se había realizado.
Incansable, ordenó construir una máquina que lo compactara a gigantescas presiones y temperaturas, y lo cristalizara en una única y gran piedra de perfecta estructura, todo él un diamante.

Sus abogados,  sin embargo le hicieron notar que lo declararían muerto, finiquitado, y que todos sus bienes pasarían al estado al no tener herederos, mas los abogados todo lo solucionan, o casi.

El cuerpo letrado diseñó una curiosa estratagema, una vez el acaudalado cliente fuera  transformado en diamante, los técnicos inscribirían en la red de  átomos de su cuerpo un mensaje, una declaración sutil y oculta. Cuando el diamante fuera estimulado con luz de una cierta longitud de onda, la red de carbono se activaría, resonando. Mediante poderosos amplificadores y parlantes el diamante hablaría solemnemente… “Soy el Señor Diamante, no estoy muerto, estoy en perfecta posesión de todas mis facultades mentales y  es todo lo que tengo que declarar señores jueces”. Había un segundo mensaje más dramático, si los jueces de primera instancia les fueran adversos, “Quitarme mis posesiones, es  matarme”.

La estrategia era muy simple, así como una persona en coma no está muerta, aunque su cerebro sólo mantenga una actividad basal, de la misma forma el SR. Diamante no podría ser declarado muerto. Pero existía un problema, la “cristalización” completa, haría que el Sr. Diamante careciera por completo de cerebro, sin embargo los letrados no se amilanaron y recordaron, que no es necesario un cerebro para estar vivo, ser exitoso y famoso. Plasmaron esta idea  en una  larga lista de políticos, artistas, deportistas e inclusive literatos y científicos, sin la más mínima muestra de materia gris. Por supuesto el renombrado estudio legal, arquitecto de esta perfecta estrategia, fue nombrado albacea del Sr. Diamante, por toda la eternidad.

Cubiertos todos los recovecos legales,  que aseguraran la prosperidad y placer por siempre ordenado y sin cambios del más cristalino de los millonarios, llegó el día de la transmutación.

El Sr. Diamante solemnemente y con una sonrisa de oreja a oreja entró en la cámara que lo transformaría en una red cristalina de carbono. La máquina, se activó, sonaron las alarmas, se prendieron y apagaron luces, los medidores de presión y temperatura sobrepasaron todas las escalas, se escucho un estruendo y la máquina con un silbido espantoso y echando vapor se apagó. Se abrió la compuerta, y el Sr. Diamante era, finalmente, un diamante en bruto.
Trasladado con cuidado, en un precioso y coqueto almohadón púrpura fue colocado en una estancia especialmente diseñada, en el centro de su reluciente casa, en su perfecto y ahora si pluscuamperfecto planeta.

El Sr. Diamante, finalmente era un diamante, que vivía en una casa construida de diamante, en un planeta de diamante, y este diamante en particular era dueño de la colección mas vasta de diamantes del universo, a la que el mismo pertenecía. Por fin era “dueño” de sí mismo, tal vez el único ser del universo que podía estar seguro de ello.

jueves, 4 de diciembre de 2014

Canon circular



Canon circular

“Debes morir para aprender algo realmente importante, aunque efímero individualmente,  es esencial a nivel del grupo  una especie de código tanatogénico, una gota de agua en el estanque”

Magnus Bolfort

Voy a vivir un cuento, debo recordarlo.

Estoy leyendo un cuento en este preciso momento.

Soy el portador del hacha de sílex, soy el que guarda el fuego, el que da luz y calor,  también defiendo la entrada a las cuevas donde el fuego oscuro pero inmortal  está en la piedra. Allí en la piedra viviremos por siempre.

Por la noche nos atacan, son más numerosos, son más fuertes. Toman el fuego de mi tribu todos yacen muertos, blancos y fríos, sus ojos sin vida…ya pronto me reuniré con ellos.
Antes de morir, veo a lo lejos un resplandor extraño, más brillante que el sol, el calor es insoportable, por un instante veo a alguien sentado bajo la sombra de un árbol, está quemado y me mira.

En  las sagradas murallas de Uruk, observo a Gilgamesh, rey y mago. Yo  soy un simple soldado que lo observa con admiración y secreta envidia. Dicen que el rey busca la vida eterna. Vana es su búsqueda, los dioses no permitirán que el hombre los desafíe.

Pocos años después muero en un rincón de la ciudad, viejo y solo, pero aún veo a Gilgamesh cubierto con el manto de estrellas, joven como aquel lejano día en las murallas.

Marchamos por tierras desconocidas, acosados por los  persas.   Juliano  el emperador que ha vuelto a los antiguos dioses,  marcha a la cabeza de la columna   seguro  de sus fuerzas.
Pero es  inútil no hay vuelta atrás, los antiguos dioses se han marchado. El remolino del  tiempo nos arrastra a todos.

Nos atacan en la retaguardia, en su apuro por acudir a la batalla Juliano no lleva su armadura y  en la confusión de la lucha, una  lanza se clava en su costado. Tal vez he sido yo el que a traición ha herido de muerte al emperador, tal vez he sido yo el inútil instrumento del tiempo.

La noche sin luna presagia nuestra muerte. Estamos cerca de Adrianópolis,  hace sólo unos días pasé la noche con una bella mujer, pero hoy moriremos. Los godos nos rodean, el emperador yace muerto en el medio del campo de batalla, tal vez sea el fin del imperio. Hemos resistido y combatido durante más de un día, estoy herido igual que todos mis camaradas, estamos rodeados de pilas de cadáveres no podemos escapar.

La caballería goda, ataca con uno de sus jefes a la cabeza, es el fin, a último momento el general Lucio salta fuera del grupo y con una lanza  ataca la cabeza del jefe, que tira violentamente de las riendas y cae estrepitosamente al suelo. Los godos se desbandan y atacamos.

Lucio parece Julio César, tal vez el emperador haya muerto pero quizá podamos retroceder, escaparnos y guarecernos en las murallas de la ciudad.  Siento que algo está fundamentalmente mal, en ese instante Lucio cae abatido por una  flecha. Mis manos sostienen un arco ¿Pero he disparado la flecha?

La noche oculta los muros, estamos en una ciudad,  regida por la Loba y Marte, corro con un grupo de soldados y abrimos las puertas, los barbaros entran y comienza el saqueo. Todo es consumido por el fuego.

La galera se hunde, estoy atrapado, mis pulmones se llenan de agua pero veo la Cruz de Borgoña, vencedora en el golfo de Lepanto. He salvado a mi compañero, pero él me ha abandonado, moriré en estas aguas. A último momento del fuego y el humo surge un infiel, me ve pero no me deja morir, me ayuda, trata de liberarme, no entiendo lo que dice ¿Pero cómo podría vivir sabiendo que me ha salvado un monstruo? Mi salvador se derrumba, un puñal se ha clavado en su espalda. EL agua ya me llena la garganta y las fosas nasales.

El tanque se acerca, se escuchan imperativas las voces de los soldados.  Estamos muy débiles para huir, hace meses que sobrevivimos comiendo ratas y basura. Stalingrado está destruida se pelea en cada calle y cada casa. Nunca me parecieron tan infantiles las descripciones del infierno.

 Nos han encontrado, moriré en este agujero con mi familia. Tengo que distraerlos, tengo que alejarlos de mi esposa y los niños, salgo corriendo, grito…el tanque se desvia, apunta sus ametralladoras, dispara.

Camino por  la ciudad, los años de la guerra han sido muy difíciles, pero pronto terminará. EL templo está vacío, es el 6 de agosto de 1945. Disfruto de la sombra del Ginkgo, en un instante todo es fuego. EL humo no me deja ver nada, estoy quemado y sangrando, todo me da vueltas, cerca mio hay un hombre muy extraño está herido, lleva pieles encima y un hacha de piedra, me observa. EL ginkgo sobrevive, yo muero a los pocos días.

Gotas de lluvia, sólo algunas gotas de lluvia, que se llevan y lavan todo,  inclusive el hongo atómico.

He visto el hongo maldito, en Marte y más allá en planetas aún no descubiertos, no nombrados.

Estoy leyendo un cuento, soy el lector pero también de cierta forma soy el protagonista, en cierta forma también soy su autor. Solo debo morir para terminarlo, solo debo morir  para ingresar en él.

Estoy leyendo un cuento en este preciso momento.

Voy a vivir un cuento debo recordarlo.