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martes, 20 de enero de 2015

Génesis apócrifo



Génesis apócrifo

“El secreto de mi universo es sólo imaginar a Dios sin la inmortalidad del hombre”

Albert Camus

"Tal vez la muerte de Dios ha sido más prematura de lo que pensábamos"

Magnus Bolfort 


Y Dios creó al hombre, a su imagen y semejanza, con amor lo creó del barro y le insufló vida. Varón y hembra los creó para que fructifiquen y llenen la tierra.
También Dios creó un huerto en Edén, y puso allí al hombre que había creado. Y plantó allí el árbol de la vida, y también el árbol de la ciencia del bien y del mal.

Un día Dios llevó al hombre y a la mujer ante  los árboles que eran más bellos que cualquier otra cosa que Dios hubiera hecho en la tierra.

 Y Dios les dijo: comed del árbol de la vida pues de esta forma serán inmortales y vivirán conmigo para siempre y la muerte no los tocará.

Y Dios también les dijo: y ahora comed del árbol de la ciencia, del bien y del mal, así vuestros ojos se abrirán y conoceréis el bien y el mal, y conoceréis la ciencia y por ella las leyes de la naturaleza y obtendréis el dominio del universo todo.

Entonces el hombre caminó solo bajo las estrellas y conoció la soledad y el deseo. El deseo de poseerlo todo y de dominarlo todo, de crear y de reinar por sobre todos los seres, solo, por encima de Dios.

Una espada de fuego creó y levantó la mano contra Dios su creador, lo amarró al árbol del bien y del mal y de la ciencia y allí lo sacrificó. Por este crimen el hombre perdió la razón pero no la inmortalidad.

Han pasado muchas eras y el hombre aún camina confundido sobre la tierra, llevando su locura a los cuatro vientos, creyendo que es un ser racional y añorando ser inmortal.

lunes, 15 de septiembre de 2014

El árbol de la luna




EL árbol de la luna

“A veces nuestro destino semeja un árbol frutal en invierno. ¿Quién pensaría que esas ramas reverdecerán y florecerán? Mas esperamos que así sea, y sabemos que así será.”

Johann Wolfgang Goethe

Juan Pickwooth, era un hombre rico, inmensamente rico.

Había hecho su fortuna en las minas de la Luna y Marte.

La Tierra se moría y el amaba los bosques.

Invirtió miles de millones en desarrollar,  nuevas formas de vida.

Le pidió a los biólogos que modificaran ciertos seres unicelulares para que pudieran vivir en condiciones extraterrestres, soportar el vacío y la falta de agua, pasar de casi el cero absoluto a cientos de grados Celsius.

Los recursos eran ilimitados y el desafío formidable.

Primero desarrollarían vida unicelular, luego plantas simples, finalmente un árbol. Un árbol plateado que pudiera crecer en la luna. Algo que el hombre no pudiera matar fácilmente.

Cientos, de biólogos trabajaron durante décadas, pero finalmente lo lograron. Pickwooth murió, nunca llego a ver el resultado por el que tanto había invertido.
Los científicos, evolucionaron una célula capaz de trabajar con átomos de carbono y de silicio, abundante en la luna. Los átomos de silicio agrupados en diferentes configuraciones, podían volverse reflectantes u opacos, reflejando u absorbiendo la luz solar.

Cada célula era un ecosistema, pues el agua es preciosa y no podía ser liberada al medio, si el medio es el vacio, por lo tanto la célula la recirculaba, dentro de sus propios límites, con una eficiencia altísima. Las pocas moléculas que se perdían, podían ser recuperadas, por un sistema de síntesis a partir del oxígeno, protones y electrones.

Una vez obtenida, esta primera célula capaz de sobrevivir en la luna, los biólogos, diseñaron organismos cada vez más complejos, colonias, plantas sencillas y finalmente plantas con tallo.

Cada uno de estos organismos, era  un ecosistema cerrado, pero llegado el caso podían fusionarse e intercambiar materia, energía e información. Era un ecosistema que crecía y se desarrollaba.

Finalmente diseñaron el primer árbol lunar, no era muy alto inicialmente, pero con el tiempo cada ejemplar podría alcanzar casi los cien metros de altura. Era Brillante como la plata cuando los cristales reflejaban la luz del sol, pero también podía volverse negro como el ébano, tan negro que casi era invisible.

Los biólogos sabían que el árbol en la luna necesitaría un ecosistema, solo no podría sobrevivir, por eso introdujeron junto con los arboles, seres unicelulares, semejantes a bacterias, otros equivalentes a protistas, otros como plantas y animales sencillos.
En el año 3145, el primer árbol lunar fue plantado. Cada año el árbol, producía un retoño, que crecería cercano al árbol madre.

El último bosque en la tierra fue destruido, en el 3175.

La tierra inhabitable, saqueada, sus mares muertos y sus suelos contaminados, fue abandonada.

La humanidad dejó la tierra y las bases lunares. Todo quedó desierto, inclusive Marte. Los seres humanos habían dejado el sistema solar.

Solo quedaron los arboles cristalinos en la luna, con su bosque de locura y magia.
Cada cien años se producían nuevos árboles y el bosque crecía lentamente.
Pasaron cien mil años y  miles de millones de árboles de la luna crecían formando un bosque de maravillas.

Los humanos regresaron un día a la tierra, el brillo de la luna los atrajo al olvidado planeta madre. Un hijo fatigado que luego de un largo viaje, vuelve a casa de su madre. Cuando llegaron a la tierra destruyeron sus naves y sus armas.

Cultivaron el fértil suelo, y de noche observaban la brillante luna.

Una vez al año, se reunían y celebraban la cosecha. De noche se sentaban en el campo, en la oscuridad, el espectáculo más grandioso del universo iba a comenzar, los arboles de la luna florecían, y las estrellas palidecían….

miércoles, 10 de septiembre de 2014

El Arbol




EL árbol

“Alabad el árbol que desde la carroña sube jubiloso hacia el cielo.”

Bertolt Brecht

“Todo sacerdote sabe que el mejor dios es aquél que no responde”

Magnus Belfort


Desde hace diez mil años, mi tribu rinde sacrificios al sagrado árbol “Ellennhor”. Es único, no hay otro como él. 

Si subiéramos cien hombres uno arriba del otro no alcanzaríamos su copa, y se necesitan más de cincuenta  hombres para rodearlo. Sus flores son violetas y blancas, con un perfume que atrae miles de colibríes y millones de insectos. Sus hojas son verdes como esmeraldas profundas en primavera, en verano viran a un color violáceo, mientras que en el otoño e invierno las hojas son naranjas y amarillas. Hojas que nunca caen, inmunes a cualquier enfermedad.  

Su fruto es azul metálico,  no es comestible para el humano directamente,  pero si es posible fermentarlo y obtener un elixir que alarga la vida y permite a los sacerdotes viajar a la tierra de los dioses.

Hemos explorado la profundidad de la selva, el bosque y los valles profundos. Muchos, muchos días de viaje, por tierras inexploradas. Nunca hemos encontrado otro.

Ellennhor se  levanta majestuoso, inmenso, solitario, cercano al lago azul acero. El lago frio como el diamante.

Una vez al año, sacrificamos a un niño de menos de un año, un escogido, y lo sepultamos cerca de “Ellennhor”.

Solo así estamos seguros, del beneficio del dios, solo así podemos tomar sus frutos. Entregamos lo más preciado, para recibir lo más preciado. Con el cálido zumo del fruto azul, preparamos el elixir  sagrado, que permite al sacerdote hablar con los dioses, ver el futuro y brindar al rey y al pueblo una larga vida sin enfermedades.

Diez mil años hemos hecho el sacrificio, y una vez más lo haremos. La procesión se acerca, al sagrado terreno. El sacerdote lee los signos del árbol, la rama que oscurece el sol, la niebla alta en la copa montañosa, el canto doloroso del majú, ave guardiana. El sacrificio espera. El niño muere sin dolor, sedado. Lágrimas caen del rostro de la madre.

Ese año no hay casi frutos, nuestro pueblo está destrozado.

Las hojas, perfectas e inmortales, caen, con un color enfermizo.

El rey y los sacerdotes, miran lo que nunca fue.

El árbol pierde todas sus hojas, no hubo flores, no habrá frutos.

Algunas de sus ramas se retuercen, otras caen con estrépito. Todo se descompone con asombrosa rapidez. La corteza, se vuelve, negra, rojiza. De lo que era un árbol alto como una colina, no queda nada en poco tiempo solo un muñón.
 
El pueblo llora desconsolado, el rey ordena mil sacrificios, para revivir al sagrado árbol.
 Para nuestro pueblo es el fin del mundo. Perdemos a nuestro dios, perdemos a nuestros hijos.

La procesión en silencio avanza, mil niños escogidos. Los llantos de las madres son irrefrenables. El rey coronado de oro, los sacerdotes de plata, los guerreros de bronce. El comerciante vestido de cobre, el herrero de negro como el carbón y el hierro, los agricultores de madera y piedra. Los niños de blanco.

En el momento del sacrificio, algo ocurre, la corteza de los restos del árbol se abre como una cáscara que se quiebra. Lentamente aparece una mujer alta como una reina, no bella, diferente. Sus ojos no son humanos, son de color verde pero tienen fuego. Su pelo color oro naranja, su piel es como una corteza de color claro, pero flexible y fina.
Una voz se escuchó en medio del silencio, un mandato.

-NO- Dijo la mujer que había surgido de las entrañas de Ellennhor-. No sacrifiquéis más niños en mi nombre, Detened esta atrocidad. He debido convertirme en uno de ustedes para que me entendáis. No más sacrificios, no más muerte, no más matar a lo más amado.
Miles de años llevo tratando de decirles que terminen con esta insensatez, con esta locura. Pero vosotros no escucháis, no veis, no entendéis. Sois un pueblo bárbaro y criminal.
¿No escuchabais acaso el susurro del viento entre mis ramas? ¿El vuelo de las aves en mi copa? ¿El miedo de los animales? ¿No escuchabais al sagrado Majú? Todo lo interpretáis mal, vuestra codicia, vuestra miedo os ciega.

-Sufro terriblemente en esta forma, esta forma animal- Continúo la mujer-. Ahora puedo pensar, sentir y ver, como ustedes, pero no os entiendo, jamás podré hacerlo. En mi forma árbol, no veo, pero todo es brillante, el sol me llena y me ilumina, soy luz en cierta forma, como animal soy oscuridad. Como árbol no pienso, pero siento con todo mí ser. Sois tan diferentes.

El gran sacerdote, miraba con una mezcla de sentimientos esta nueva corporización de su dios…un dios que afirmaba que los sacerdotes cometían errores y no interpretaban a los dioses correctamente. Un dios demasiado peligroso, demasiado vivo. Eso tendría fácil solución, pero antes debía tratar de averiguar donde hay más arboles “Ellenhor”. Debería de haber más, nada es único.

-Sagrada Ellennhor- Dijo el sacerdote, venciendo la repugnancia de dirigirse a esta aberración, en la que se había convertido su dios.  Qué haremos, no tendremos más frutos, no podremos preparar el sagrado elixir que alarga la vida y abre las puertas del cielo. Donde podremos encontrar más arboles como el que tú eras antes.

-Sacerdote, tu mente es transparente- Respondió Ellenhor-. Leo tus pensamientos, toma tu cuchillo ritual y aquí mismo y ahora, córtame el cuello, no soporto más esta forma. Esta forma que he tomado de la tierra infestada de muerte. Pero no tuve otra opción.

Entierra mi cuerpo aquí mismo- Dijo la mujer-árbol, señalando el terreno bajo sus pies-. En un año, creceré y tendréis vuestro fruto. Una cosecha como nunca habréis visto, valdrá por diez cosechas normales. Pero no más sacrificios, no más muerte. Si hacéis un solo sacrificio humano más, no volveréis a tener frutos, no volveréis a preparar vuestra bebida.

Vuestro sacrificio será plantar la semilla de mis frutos, luego de estacionarla diez años, cada cien años encontraréis una semilla que comenzará a germinar. En mil años, tal vez un hijo mío sobreviva. Pero una vez que comience a crecer, crecerá rápido.

Vuestro sacrificio, será paciencia,  será tiempo, será vida.